Parece que las previsiones meteorológicas hicieron que buena parte de los miembros de los clubes de montaña de Segovia se decidieran a quedarse por las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, y parte de los que se apuntaron previamente para nuestra tradicional marcha invernal a la Sierra de Gredos decidieron cambiar de parecer. Finalmente fuimos dieciséis los bizarros que nos decidimos a madrugar y embarcarnos en el bus con Mariano camino de la plataforma en Hoyos del Espino. Salimos del Perico Delgado sobre las siete y cuarto de la mañana y a las nueve y media ya estábamos comenzando nuestra actividad.

 

 

Este año, al ser tan poquitos, decidimos hacer todos la misma marcha. La propuesta fue cambiar la tradicional subida al Morezón por una ruta circular, iríamos hasta la laguna, de ahí enfilaríamos para subir por el Gargantón hasta el Venteadero y bajada por una de las canales del Ameal de Pablo hasta el refugio, y vuelta por los Barrerones hasta la Plataforma. La propuesta fue muy bien acogida. Se hacía una actividad distinta a la de años anteriores y había varias personas que no conocían el recorrido. Era su primera vez por esos pagos. Así y teniendo en cuenta las condiciones climáticas, (la previsión era de vientos fuertes, lluvia y nieve por la tarde) nos decidimos a iniciar nuestro periplo con la idea de darnos la vuelta cuando los meteoros no nos dejaran avanzar.
 

Gredos estaba especialmente “pelado” para la época del año. En ninguna otra de mis andanzas por la zona en enero había visto tan poca nieve. Las pendientes y las lomas que en años anteriores habían hecho las delicias de los esquiadores este año se encontraban casi con más calvas que nieve. Tampoco había mucho hielo, aunque la laguna sí estaba congelada, lo que interpretamos como escaso régimen de lluvias y nieve por la zona, no así escasez de frío.

La temperatura de primera hora de la mañana era baja (el termómetro del autobús marcaba 3 grados sobre cero), pero resultaba muy agradable para caminar y nuestro avance hacia los Barrerenos resultó muy “disfrutón”. El cielo estaba cubierto, pero el aire estaba tan limpio que nos permitía ver a larga distancia, y la luz mostraba unos contrastes preciosos. Incluso apareció algún rayito de sol en lontananza, que le dio un toque de color muy especial. E igualmente especial era el silencio que nos rodeaba. Habíamos dejado atrás todo el ruido y el ajetreo del “progreso”. Se respiraba paz por todos los poros… Nos cruzamos con muy pocas personas hasta que bajamos a la laguna. Tres o cuatro grupitos de no más de cuatro personas. A partir de ahí éramos los únicos en aquellos valles. La sensación era fantástica.
En el balcón de los Barrerones vimos cómo todos los picos del circo estaban cogidos por la niebla. Parecía que se había instalado ahí y había decidido quedarse.
Cruzamos el desagüe de la laguna y subimos los primeros repechos hasta llegar al Gargantón. Paramos un momentito en el collado que forma el final del cordal del Ameal, antes de bajar al  Gargantón, y aprovechamos para beber y comer un poquito. Había muchas cosas ricas: bizcocho casero de la mami; tés diversos, cada cual más bueno; caldito aderezado con un chorrito de coñac… Fue sólo un tiento, hacía un rato que habíamos iniciado la marcha pero no pensamos que después el tiempo no nos iba a dejar parar y completar nuestra ingesta de vituallas.
La marcha transcurría fenomenal. Una invernal en toda regla. Las dudas que había sobre la posible verticalidad de las pendientes o sobre el manejo del material (crampones y piolet) las íbamos despejando y posponiendo. “De las cosas hay que ocuparse, y no preocuparse”. Estábamos seguros de que el grupo que íbamos podíamos resolver las posibles situaciones que se dieran en el recorrido marcado.
Dentro del Gargantón, y coincidiendo con el horario pronosticado para la entrada del temporal, comenzó a soplar más fuerte el viento. Ahí tuvimos que abrigarnos un poco más. Las condiciones de hacía un más duras.
Un poco más adelante, pasado el primer escalón del Gargantón, nos dimos cuenta de que uno de los miembros del grupo se quedaba rezagado. Así que decidimos ir “haciendo la goma” como dicen en el argot ciclista. Unos pocos por delante y más o menos estirados los demás. La sensación térmica estaba bajando considerablemente a consecuencia de las ráfagas de viento que soplaban con fuerza y traían ventisca, a ratitos de nieve y a ratitos de fino granizo, por lo que no era recomendado esperar todos juntos e ir al paso del más lento. Optamos por ir avanzando buscando las zonas más resguardadas para reagruparnos. Así fuimos subiendo al Venteadero y bajando por la canal.
El momento tan “esperado” de la bajada se hizo presente. Con una indicaciones mínimas sobre cómo ir afianzando la pisada y como ir avanzando por la pendiente, y una compañía cercana fue suficiente para llegar hasta abajo. Prueba superada y con gran satisfacción para aquellos que se enfrentaban a una pendiente así por primera vez.
Una vez cubierta esta parte de la ruta nos reagrupamos y establecimos el siguiente hito: el Refugio Elola. Ya soñábamos con comer los suculentos manjares que nos habían contado atesoraba una de nuestras mochilas, muy bien guardada por su propietario, por cierto; y regarlos, algunos con un refresco que aportara chispa, otros con una cervecita o un caldito. Pero nuestro sueño se quedó en eso… en un sueño. El Elola estaba cerrado. Otra sorpresa para mí. Tampoco había visto antes el Elola sin guarda. Esperamos a reagruparnos todos y de nuevo establecimos la estrategia. Un grupo iría avanzando para llegar lo antes posible al autobús y poder cambiarse de ropa que ya empezaba a estar muy mojadita, y disfrutar de los alimentos que aún no habíamos podido degustar. El resto descansaríamos un poco y aliviaríamos el tirón que le había dado a Diego y hacia muy lento su avance.
Para abreviar el retorno decidimos cruzar por medio de la laguna. Eso sí lo había hecho yo más veces. Por fin algo que no era novedad. La laguna tenía una capa de hielo grueso por debajo, y por encima había algunas zonas que eran balsitas de agua. Debe ser que se helaban por la noche y se deshelaban por el día.
El retorno se nos hizo lento, por lo que ya hemos contado. Carlos acompañó a Diego en todo momento, para servirle de apoyo en lo que pudiera necesitar. La lluvia se hacía más presente y las rachas de viento en ocasiones nos desplazaban del sitio. Pero poquito a poquito fuimos avanzando hasta alcanzar nuestro objetivo. Hubo casi una hora de diferencia entre los que llegaron primero al autobús y los últimos, pero Mariano nos esperó pacientemente y contábamos además con un comodín. Alfredo, que vino con su coche, accedió muy amablemente a esperar a Carlos y Diego si llegaban fuera del tiempo que podía esperar Mariano por cuestiones de tacógrafo. Finalmente no hizo falta. Llegaron a tiempo de montar en el autobús, así que se quitaron las botas y el chubasquero mojado y rumbo a casa.
Al final resultó una emocionante y gratificante experiencia. ¡Toda una invernal! Y pensamos… Los que no han venido, se lo han perdido.
¡Hasta la próxima salida!.
Texto: Rosa Rubio.
Fotos: Juan Ayuso.